miércoles, 16 de octubre de 2013

ROCÍO, UN MOTIVO PARA MOVERSE

La primera vez que participé oficialmente en una carrera, fue en la organizada por Down España para celebrar el Día Mundial del Síndrome de Down. El domingo 6 de octubre, año y medio después de aquella experiencia, me encontraba en el mismo lugar, rodeada de cerca de cinco mil personas, eran las 10:00 de la mañana y tenía de nuevo por delante, 8 kilómetros llenos de sensaciones.

Quizá penséis que era una carrera más, un domingo cualquiera en el que disfrutar del deporte al aire libre; pero no sólo el radiante sol que nos despertó en mi querido Madrid auguraba una jornada llena de vivencias, sino que el montón de familias, las toneladas de sonrisas, los millones de ojos cargados de felicidad, que allí nos dimos cita, presagiaban que sería un día inolvidable. Hoy, diez días después, echando la vista atrás, revivo con inmenso cariño todas las buenas vibraciones que logramos transmitir.

La convocatoria de tal evento deportivo se hizo ya hace unos meses a través de redes sociales, webs y el boca a boca, que aún hoy sigue funcionando a pesar del enganche tecnológico en el que vivimos. La difusión funcionó, Madrid es grande, pero el Síndrome de Down, lo es aún más. No me cabe la menor duda de que ése fue el verdadero motivo, de que ése fue el impulso que nos hizo teclear nuestros datos para adquirir los dorsales en un hueco de nuestras ajetreadas vidas, e inscribirnos, y colaborar al fin y al cabo, porque de eso es de lo que se trataba, de echar una mano, de arrimar el hombro, en definitiva, de ser solidarios.

Si me pregunto qué es la solidaridad, lo único que se me viene a la mente es Rocío, ella es el reflejo de ese gran valor. Ella no pregunta cuando da, ni espera recibir algo a cambio, da sin condiciones y sin ataduras, sin remordimientos, sin pesares, sin pensar si quiera en ella, piensa solamente en mí cuando la necesito, o en mamá, sólo tiene en cuenta su amor puro y sin límites hacia los demás. Por eso, no podía fallarla el pasado domingo, yo tenía que estar ahí.

Esta mañana al despertar le he preguntado a mi madre que qué es lo primero que se le ha venido a la cabeza: "que tengo que darle la pastilla a Rocío", me ha contestad. Sonriendo he añadido: "yo puse el despertador anoche para hoy llevar a Rocío al autobús". Tras ese momento me he dado cuenta de que el motivo que mi madre y yo tenemos para movernos es Rocío.

Cuando comencé a correr, no sabía si sería capaz de llegar a la meta, pero lo hice, ella corrió conmigo, en mis zancadas estaba Rocío, me acordé de tanto durante esos casi 45 minutos, que cuando crucé la línea de llegada tan solo tuve ganas de llorar. Es tan enorme lo que ella es capaz de provocar en mí, que a veces me asusto, a veces tengo miedo de que la gente no tenga la fortuna de vivir motivada por el amor incondicional de otro.

Yo tengo esa tremenda suerte: "el amor mueve mi mundo". Rocío es el motor de mi caminar. Y también lo fue ese domingo, de Javier del Álamo, Estefanía Collado y Carlos, y en especial, de Ernesto Gras, con el que corrí al lado y con el que crucé la meta de la mano. Él es un pilar fundamental para mí, y cuando se trata de Rocío, se desvive, y todo por hacernos felices a las dos. No hay más que ver sus caras en esta foto.




Desde aquí tengo que dar las gracias a todos los que pusistéis vuestro granito de arena, que sois muchísimos, me consta. Y de nuevo a mi prima Mar García, la que seguro entiende cada palabra que he escrito, pues ella compartió conmigo la primera carrera de la que os hablé.

GRACIAS por existir.






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